Ésta es la historia de Violeta, una chica con una gran habilidad. En primera instancia les va a parecer una historia poco común, pero créanme, no lo es.

Prosigo a contarles sin más preámbulo. Violeta era una chica de unos 20 y tantos que a lo largo de su vida había conocido infinidad de personas, podría decirse que su vida era una Aventura constante, emocionalmente hablando (Ven porque le s digo que es una historia común). A Violeta como a muchas chicas de su edad le gustaba hablar. Hablar hasta por los codos, hablar hasta que su cuerpo mismo la mandase a callar al deshidratarse y necesitar líquido para reponerse y por supuesto poder seguir hablando. Pero al mismo tiempo, poseía un gran don. Violeta podía escuchar a cualquiera por horas sin importase que hablaran de Amor, Comida, Políticas, Religión o sexo. (Vaya que soy osada, poner palabras como Religión y Sexo en una misma oración).

Violeta disfrutaba que los demás siempre pensaran en ella para desahogarse, para contarle cómo se sentían acerca de algo o para que los ayudara a tomar una decisión importante (Aun no siendo ella misma la mejor persona tomando decisiones) pero era el hecho de con sus palabras poder ayudar o influir en la vida de alguien más.

Por mucho tiempo, Violeta sintió esto como un regalo de la vida, pues era su pensar que el mundo estaba faltoso de personas así y que de haber más personas con esa cualidad sería un mejor lugar.

No fue sino hasta un día que Violeta disfrutaba de un rico Café caliente, con nada más que azúcar, como le gustaba, que se dio cuenta que al parecer el mundo entero se estaba quedando sordo. Era muy extraño porque la Sordera General parecía atacar solo cuando le tocaba a ella hablar.

Esa hermosa tarde, como todas las tardes de los sábados, Violeta llegó a la pequeña cafetería que quedaba a unas esquinas de su casa. Libro en mano y vistiendo sus jeans favoritos (Pues para tomar su café y poder leer complacida, tenía que estar cómoda) escogió la mesita del rincón que tenía solamente dos sillas, era justo lo que necesitaba, una para sentarse y otra para sus pies. Eso era lo que más le gustaba de aquel lugar, que podía ser ella misma, y también el dueño, Pierre. Pierre era un haitiano que se había mudado al país hacia ya muchos años, que como todos sus compatriotas buscaba la mejoría económica. Siempre tenía historias increíbles sobre su niñez en Milot, un pueblito de Haití. Y claro lo que más le gustaba, los roscones que Pierre ponía sobre su mesa como cortesía de la casa.

Cuando empezaba a leer el libro que tocaba para ese sábado, sonó su celular. Hizo una mueca, como odiándose a si misma por haber salido con el celular en una parte del día tan sagrada para ella. Prosiguió a contestar la llamada, y era una amiga que lloraba desesperadamente, preguntado a Violeta que donde estaba, que estaba tocando la puerta de su casa y nadie salía. Violeta le dio indicaciones de cómo llegar a la Cafetería de Pierre. Una vez llegó se abrazaron y la amiga le contó lo que sucedía. Hablaron por horas de cómo se sentía la amiga hasta que sintió mejor. Al final de la conversación, la amiga le pregunto a Violeta: – ¿Y tú Violeta cómo estás? Violeta, se quedó en blanco por unos segundos, algo le dijo que la pregunta era una de esas preguntas de rutina o de cortesía que decimos a diario, como un buenos días cualquiera. O como cuando estás comiendo tu postre favorito que no te gusta compartir con nadie, y preguntas a quien te acompaña si le gustaría comer una rebanada, solo por ser cortés o educada. Luego de esa pequeña pausa, procedió a responder. Pero algo extraño pasaba. Su amiga no podía escucharla. Violeta trataba de hablar mas fuerte pero no funcionaba. Gritó y nada. Su amiga se fue y la dejó ahí, sola, sin siquiera tratar de ayudarla a entender que pasaba. Agarró su libro y su cartera y despabilada salió a la calle cual loca acabada de escapar del manicomio gritando a todo el que veía, pero todos seguían de largo. Llegó a su casa y procedió a encerrarse en su habitación. Empezó a escribirle a todos sus amigos por las redes sociales, pero lo que pasaba ya le parecía insólito, todos leían sus mensajes, pero no respondían. Es como si todos estuviesen Sordos y Ciegos. Lo peor era que ella los escuchaba, pero cuando era su turno de hablar es como si voz  salía en Mute.

Violeta decidió echarse a dormir porque talvez, solo talvez todo era una pesadilla. Antes de lograr el sueño por su cabeza pasaron miles de ideas locas: – ¿Y si Pierre estaba cansado de darme roscones y me echó algún brebaje en el café? Sacudió la cabeza y hablando consigo misma se dijo: – Violeta, Sabes que los estereotipos no son buenos, son lo peor de la sociedad. El hecho de que Pierre sea de Haití no quiere decir que ande por la vida haciendo brebajes y brujerías raras.

Después de haber pensado en 10mil cosas locas y totalmente improbables, finalmente se durmió.

Al día siguiente, se levantó e hizo su rutina. Incluso hasta cantó mientras se bañaba. Parecía que por un momento se le había olvidado el horrible episodio del día anterior. Hasta que salió del baño y se miró en el espejo. Prontamente recordó todo y en lo primero que pensó fue salir a la calle a ver si en definitiva había sido una pesadilla o era su cruda realidad.

Se vistió y salió. En la primera esquina se topó con una vecina que sin dar siquiera los buenos días la abordó para contarle lo triste que estaba por la muerte de su perico. Dicha vecina no era muy del agrado de Violeta, así que procedió a dar una breve condolencia y sutilmente le dijo que tenía prisa, la vecina respondió con un frio gracias y un adiós. Solo unos pasos después Violeta cayó en la cuenta de que la Vecina respondió, lo que quería decir que la escuchó, lo que a su vez significaba que todo había sido una pesadilla.

Brincó en un pie y siguió su camino. Su día fue normal. Al finalizar la jornada ya entrada la noche llegó a su casa para darse su acostumbrado baño antes de cenar y retirarse a descansar. Entonces fue cuando al salir del baño sonó su teléfono. Contestó. Era aquella amiga, esta vez con una angustia distinta. Violeta como siempre empezó a escucharla. La animó y aconsejó casi por una hora, al final la amiga volvió hacer la pregunta del sábado, ésta vez modificada: – ¿Y tú Violeta, como fue tu día? Una vez más Violeta se quedó en blanco por unos minutos, dudando si contestar si o no. Decidió contestar, pero esta vez fue breve: – Me fue bien, gracias-  Hubo un breve silencio, Violeta empezó a pensar que la escena se repetía, pero unos segundos después, escucho la voz de su amiga contestar: – Me alegro. Bueno ya me voy a dormí. Seguimos hablando mañana. – Violeta respiró profundo en forma de alivio. Sí la había escuchado esta vez y aunque su “Me alegro” fue como el postre que no quieres compartir pero que aun así por cortesía ofreces una rebanada, estaba más que complacida con el hecho de al menos esta vez, el mundo no parecía sufrir de una sordera general.

Violeta aun sentía algo de realidad en su pesadilla. O realmente fue una pesadilla o su nueva forma de contestar con brevedad había curado aquella Sordera Mundial.

 

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